Atropelladamente me explicó que las tijerillas se reproducían por miles dentro de él y empezaban a devorarle las entrañas. Que por las noches despertaba y veía cómo manojos de tijerillas brotaban de su boca y nariz y deambulaban por entre las cobijas. Bastaba que él se moviera un poco para que las tijerillas volvieran a invadirlo, penetrando por sus uñas, su cuero cabelludo, su ano. También confesó que cuando se masturbaba en vez de semen expulsaba bolas de color marrón, insectos compactados que al caer al pisose dispersaban para volver a acometerlo.
Guillermo Arraiga -
El búfalo de la noche (via
raigmar)